6. Uñas quebradizas

6. Uñas quebradizas

Más que un asunto de estética, es un asunto de salud. Nuestras uñas nos están tratando de decir algo. Nuestro cuerpo está pidiendo ayuda.

No se trata solo de que “se vean feas” o de que “ya no nos dura el manicure”…

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Se trata de señales reales que indican que hay procesos hormonales, nutricionales y emocionales que necesitan atención.

“Antes tenía uñas fuertes, ahora se me rompen con solo abrir una lata.”

“Las traigo todas descamadas, como si fueran papel.”

“Dejé el gelish, las corto cortitas… ¡y aún así están frágiles!”

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Si te pasa esto, no estás imaginando cosas: las uñas quebradizas son un síntoma REAL y bastante común en la perimenopausia y menopausia (¡a veces incluso desde los 30s!).

¿Qué está pasando?

Cuando entramos en esta transición hormonal, varias hormonas clave empiezan a disminuir o desregularse, y eso afecta directamente la salud de nuestras uñas:

Estrógeno:

Es la hormona que más influye en la producción de colágeno, queratina, y en la hidratación de los tejidos.

Cuando baja, nuestras uñas se vuelven más delgadas, secas y propensas a romperse.

Progesterona:

Tiene un efecto calmante en el sistema nervioso y ayuda a regular el equilibrio de líquidos y minerales. Cuando cae, puede afectar la oxigenación y la nutrición de las uñas, dejándolas más frágiles.

Testosterona (sí, las mujeres también la tenemos):

Contribuye a la fuerza estructural de tejidos como músculos, piel y uñas. Su declive reduce la capacidad de regeneración y la firmeza de las uñas.

Hormonas tiroideas:

Aunque no son parte del eje reproductivo, muchas mujeres empiezan a tener hipotiroidismo subclínico en esta etapa. Esto ralentiza la renovación celular, haciendo que las uñas crezcan más lento, se vuelvan más finas y se rompan con facilidad.

Cortisol:

El estrés crónico eleva esta hormona, lo que interfiere con la absorción de nutrientes y agrava la inflamación. Todo eso impacta negativamente en la salud de las uñas.

Además, muchas tenemos deficiencias de hierro, zinc, biotina o proteínas —ya sea por dieta, por estrés o por mala absorción intestinal— y eso se refleja directamente en las uñas.

Si no se atiende este síntoma, puede agravarse al punto de dolor, infecciones, o simplemente convertirse en un recordatorio constante de que algo no anda bien con nuestra salud.

¿Qué hacer entonces?

Aquí te comparto los pilares de la salud que me han ayudado, especialmente para este síntoma:

Alimentación funcional:

– Incluir proteínas completas en cada comida (pollo, pescado, huevos, legumbres)

– Omega 3 (como en nueces, semillas de chía o aceite de pescado)

– Evitar exceso de azúcar y alcohol (que debilitan uñas y huesos)

Movimiento diario:

– Ejercicio con pesas  (clave para huesos, músculos y metabolismo)

– Caminar al sol (vitamina D, circulación, ánimo)

Sueño reparador:

– Dormir mal empeora todo: caída del colágeno, inflamación, ansiedad

– Higiene del sueño, cenar temprano y evitar pantallas

Gestión del estrés:

– El cortisol alto desregula hormonas y agota el cuerpo

– Reponer nuestras hormonas (cuando somos candidatas):

La mayoría lo somos, aunque no todos los médicos lo saben ni están capacitados en esto.

Es fundamental encontrar un médico actualizado en terapia hormonal bioidéntica. Por eso es clave asesorarse con un especialista que maneje estas opciones y no caer en tratamientos no regulados o de dudosa procedencia.

Y ojo con lo que ponemos sobre nuestras uñas: muchos esmaltes, uñas postizas y gelish contienen disruptores endocrinos (químicos que interfieren con nuestras hormonas).

Recomiendo dejar de usarlos o al menos reducir su uso, y si decides seguir aplicándolos, que sea con información clara y bajo tu propia discreción. Hoy hay opciones menos tóxicas, pero lo ideal es darle un descanso a tus uñas para que se recuperen.